200. ¿Son once, doce, o trece?

200. ¿Son once, doce, o trece?
Ese poderoso engaño, de tratar de destruir el número cerrado de los doce fundamentos del muro que rodea a la nueva Jerusalén, de tratar de violar las doce piedras sagradas del efod de Dios, engaño destinado a probar a todas las almas humanas sin excepción, fue avisado desde el antiguo testamento, como símbolo de lo que sucedería en la nueva alianza. 
Está escrito que el número cerrado de las doce tribus, representadas por los doce hijos de Jacob (Israel), que son las doce piedras del altar del templo y las doce piedras del efod, ese número cerrado fue atacado por Luzbel, cuando puso en algunos de ellos el designio de asesinar a su hermano, José.  José no murió, pues se hubiera perdido su descendencia, se hubiera roto el número cerrado de doce, predestinado desde la fundación del mundo.  Pero como José, realmente se perdió, al volverse egipcio, Jacob le juró a José, que sus dos hijos, Efraín y Manasés, heredarían cada uno media tribu, tomando su lugar, para que no se perdiera su descendencia, ni su heredad entre los hijos de Israel.  Por lo tanto, eran trece tribus, con las de Efraín y Manasés, pero en realidad eran doce
Algo semejante sucedió con los doce apóstoles, que son los doce hijos espirituales de Jesús, el nuevo pueblo de Israel, el del Espíritu, el de la nueva alianza.  Sucedió que uno de ellos estaba predestinado a perderse. Judas, un previo hijo de perdición, ya siervo de Luzbel, elegido por Dios para tal fin. Si Dios podía elegir entre los del lado oscuro, para ese ministerio traidor, sabía bien a quién llamar.
Cuando Jesús fue llevado al Cielo, lo primero que hicieron los once apóstoles, fue reunirse, e invocar al espíritu de Jesús, para que eligiera, entre dos que ellos habían seleccionado. Los eligieron entre cientos de discípulos, que aparte de los doce, habían seguido a Jesús, desde el principio de su ministerio, hasta el día que fue elevado al Cielo a la vista de ellos. Eran también, testigos de su resurrección, pues era absolutamente necesario que todos los doce apóstoles de Jesús fueran testigos del ministerio y muerte de Jesús, hasta su resurrección y su ascensión a los Cielos (Hechos 1:20-26).
Pablo no pudo cumplir estos requisitos necesarios para ser apóstol verdadero, ni pudo cambiarlos.  No fue testigo del ministerio de Jesús en la tierra, ni fue testigo de la muerte y de la resurrección de Jesús, ni fue testigo de su ida al cielo, para volver solo el día final.  Por eso, tenía que tratar de destruir el número cerrado de los doce apóstoles. Después de tanto manejo del número con Judas, Barsabás y Matías, estaba preparada la posible entrada de Pablo al número de los doce, como un treceavo, como un aborto, como Pablo dice de sí mismo (1ª corintios 15:8-9).
El espíritu de Jesús, para volver a cerrar el número sagrado de los doce apóstoles, de los doce fundamentos de la nueva Jerusalén, eligió a Matías, lo eligió para que ocupara el lugar que Pablo trataría de usurpar años más tarde. Quedó cerrado para siempre, con la elección de Matías, el número de los doce, para que nadie pudiera infiltrarse entre ellos.
Los doce apóstoles son irreemplazables. Nadie, además de ellos doce, es apóstol verdadero de Jesús.  Ni siquiera aquellos más de cien discípulos y seguidores de Jesús, que fueron testigos de su ministerio y de su resurrección, pueden ser llamados apóstoles. Matías fue elegido de entre ese gran grupo de discípulos, seguidores de Jesús.
A pesar de Jesús haber enviado a todos sus seguidores a predicar el reino de Dios, a pesar de haber enviado a setenta y dos de sus discípulos de dos en dos a sanar y predicar, estando él en la Tierra, así y todo, solamente los doce pueden ser llamados apóstoles, nadie puede ser un treceavo apóstol.



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